En Alcalá, como en todas las ciudades y pueblos de España, se han venido celebrando fiestas, y conmemorando tradiciones a lo largo del tiempo. Algunas de ellas se han perdido a causa de los cambios históricos y sociales y otras se han mantenido hasta nuestros días. Casi en todas las épocas del año había alguna celebración digna de mención.
Era un día de fiesta para Alcalá. La cofradía del santo celebraba su fiesta con la “toma del cetro” acompañado de un abundante banquete que solía servirse en casa del hermano elegido.
Para el entretenimiento del pueblo en general, había fuegos artificiales, una romería y una rifa. El paseo del Zulema era el elegido para la fiesta campestre. En los días soleados la gente llenaba la puerta del Vado y algunos se iban hasta el Gurugú donde se vendían las longanizas, morcillas y lomos más baratos.
La rifa del cerdo era otro espectáculo presidido por los cofrades. Próximo a la Plaza de Abajo se colocaba un pequeño tabladillo y en él un bombo en el que se encerraban las bolas para la rifa.
Se terminaba la fiesta con la quema de las hogueras. En ellas los complutenses quemaban los enseres inútiles, maderas, sillas rotas etc. queriendo quizás con ello quemar los restos del invierno. El ayuntamiento suspendió esta costumbre de las hogueras callejeras, quizás debido al arbolado y pavimentado de las calles.
Desde la década de los noventa del siglo XX, nuestra Asociación viene realizando una hoguera en la puerta de Madrid el día de San Antón, recuperando así una de las tradiciones que se habían perdido
El anuncio del comienzo del carnaval eran los “peleles” que se colgaban en la Plaza de Santa Ana, y que los chicos se entretenían en apedrear.
Las fiestas propiamente dichas empezaban con lo que se llamaba el “jueves de compadres”. En este día la gente iba caminando hasta la fuente del Cura , en el paseo de la Dehesa a merendar, y allí se hacían juegos en los que participaban sobre todo la gente joven.
En la noche de ese día, se celebraba el gran “baile de compadres”, al que asistía la clase media alcalaína. Este baile desapareció con el tiempo y en su lugar se celebró durante algunos años el pintoresco “baile de la blusa”, que tuvo su origen en el salón de la calle Gallo, y más tarde alcanzó su esplendor en el teatro, en cuya amplia sala sólo podían bailar los varones que llevaban blusa blanca, y las muchachas con traje negro y pañolillo rojo, lo que daba una gran vistosidad a la fiesta.
También se celebraban bailes públicos abiertos a todo el mundo y otros bailes en el Casino, estos reservados únicamente para la aristocracia de la ciudad.
Las calles de Alcalá se llenaban de máscaras y comparsas que divertían durante unos días a la población en general y sobre todo a la chiquillería.
Después de la guerra civil, con la llegada de la dictadura, estas manifestaciones populares se prohibieron, con lo cual la fiesta de carnaval desapareció. Se volvió a recuperar con la instauración de la democracia, y actualmente el ayuntamiento organiza las fiestas de carnaval, con actuaciones, bailes populares, concursos de disfraces, y como final de fiesta, el entierro de la sardina el miércoles de ceniza.
Nuestra asociación algunos años, ha colgado peleles en la puerta de Santa Ana, anunciando así el comienzo del carnaval.
En 1597 tuvo lugar un suceso que tendría con el tiempo gran importancia para la historia de Alcalá
Un día del mes de mayo, un desconocido entregó al padre jesuita Juan Juárez, bajo secreto de confesión, veinticuatro formas eucarísticas fruto, según el penitente, del robo de una banda de moriscos en algunas iglesias. Ante la duda de si pudieran estar envenenadas, como había ocurrido en otras ocasiones, los jesuitas las guardaron en una cajita entre las reliquias del altar mayor de la iglesia de la Compañía para esperar que con el tiempo se corrompieran, y entonces destruirlas. Sin embargo, ante la sorpresa de todos, las formas no se corrompieron, por lo que fueron colocadas en un lugar más húmedo, detrás de la sacristía, para acelerar su descomposición. Transcurridos unos meses y viendo que su estado seguía siendo perfecto, en 1609, el padre Bartolomé Pérez, Provincial de la Compañía de Toledo, dispuso su ubicación en un lugar preferente del altar mayor.
El 4 de junio de 1619 se presentó la solicitud para la declaración como milagro de la incorrupción de las formas, que tras los informes y consultas pertinentes fue aceptado como tal el 16 de julio por el Vicario General del Arzobispado de Toledo, y confirmado nuevamente en varias ocasiones posteriores, con motivo de diversos milagros atribuidos a su intercesión. A partir de entonces fueron veneradas como las Santas Formas, convirtiéndose en una de las más arraigadas tradiciones complutenses.
El 25 de abril de 1620 se celebró una solemne procesión presidida por los reyes, para depositar las Santas Formas en la capilla del Evangelio de la iglesia de la Compañía donde quedaron expuestas, desde 1622, en una custodia de plata sobredorada, de forma octogonal y rematada por cúpula y cruz, donada por el arzobispo Spínola. El 22 de marzo de 1626 el ayuntamiento hizo voto perpetuo de acudir a la misa y procesión celebradas anualmente el día de su festividad.
A finales de siglo y para dar mayor grandiosidad a su culto, se decidió la construcción de una suntuosa capilla, para lo que el vecino Colegio del Rey cedió el terreno necesario. La capilla se terminó en 1687 y desde entonces las Santas Formas quedaron expuestas a la veneración de los fieles en este lugar, hasta que en 1777 después de la expulsión de los jesuitas, fueron trasladadas a la Magistral.
La fiesta se celebraba en un principio el segundo domingo después del de Resurrección, pero dado que coincidía en el mes de abril y este era un mes muy lluvioso se trasladó al domingo anterior a la fiesta de la Ascensión que era en el mes de Mayo y hacía mejor tiempo, lo que contribuía a dar mayor vistosidad a la solemne procesión que se celebraba y a la que acudían personas de todos los alrededores, llenándose la ciudad de gente como en ningún otro momento del año.
Al inicio de la guerra civil, concretamente el día 22 de julio de 1936, la iglesia Magistral fue incendiada, desapareciendo en este incendio la custodia de las Santas Formas. Se cuenta que tres sacerdotes la escondieron para salvarla y que después fueron asesinados, y pese a que la custodia fue intensamente buscada al final de la guerra nunca llegó a ser encontrada, perdiéndose con ello una de las fiestas más importantes que ha tenido Alcalá a lo largo de su historia.
Cuenta la tradición que a principios del siglo IV llegó a Complutum el pretor Daciano, responsable de hacer cumplir el decreto, según el cual se prohibía ejercer libremente su religión a los cristianos. Justo y Pastor eran dos hermanos de corta edad, 7 y 9 años, que se presentaron de forma voluntaria ante Daciano haciendo profesión pública de su fe cristiana. Daciano los mandó azotar para que se retractasen, y al no lograrlo mandó decapitarlos a las afueras de Complutum. El lugar donde se llevó a cabo la ejecución se llamó Campo Laudable. La fecha tradicional del martirio es la del 6 de agosto del año 306. Inmediatamente después del martirio los hermanos habrían empezado a recibir culto, levantándose un pequeño templo en el lugar en que sus restos habían sido enterrados, perpetuándose allí su culto hasta nuestros días ya que en ese solar se levanta hoy la Catedral Magistral.
En el siglo V el obispo Asturio viajó a Complutum en busca del sepulcro de los mártires, potenciando así su culto, convirtiendo lo que hasta entonces había sido una pequeña capilla en una basílica, estableciendo aquí la sede episcopal complutense, en torno a la cual se fue congregando la población dando lugar al Burgo de San Justo, y abandonando la Complutum romana.
En el 732, estando ya Alcalá ocupada por los musulmanes, y para evitar que las reliquias de los Santos Niños fueran destruidas, San Urbicio se las llevó primero a Francia y luego al valle del Nocito, un lugar de los Pirineos. De allí pasaron a la iglesia de San Pedro el Viejo en la ciudad de Huesca, donde estuvieron varios siglos.A pesar de los reiterados intentos de los alcalaínos durante el siglo XV para recuperar las reliquias, éstas no regresan a Alcalá hasta el siglo XVI, durante el reinado de Felipe II, y mediante la intervención personal del monarca.
El 24 de Enero de 1568 salieron de Huesca parte de las reliquias. El traslado fue festejado en todos los lugares por los que atravesó el cortejo. La entrada en Alcalá tuvo lugar el 7 de marzo por la Puerta de Guadalajara, que pasó a llamarse desde ese momento Puerta de Mártires. Se condujeron las reliquias en una solemne procesión hasta la Magistral. Para conmemorar el acontecimiento se celebraron numerosas fiestas con participación de todos los alcalaínos. Se engalanaron los edificios religiosos, universitarios, y municipales, se hicieron representaciones teatrales sacras, se escribieron composiciones poéticas y realizaron multitud de actos religiosos. Fue sin duda unos de los momentos de mayor alegría para Alcalá en toda su historia.
Los Santos Niños son patronos de Alcalá y el día 6 de agosto se sigue celebrando su fiesta como fiesta local de la ciudad en recuerdo de estos acontecimientos.
La celebración de la fiesta tiene dos ámbitos uno religioso con celebración de una procesión y diferentes actos religiosos, y otro de carácter popular celebrándose una verbena, en torno a la plaza de los Santos Niños, así como actuaciones, bailes populares, desfile de gigantes, etc.
El establecimiento y regulación de nuestra feria se debe al rey Alfonso VIII de Castilla, quien a solicitud del arzobispo de Toledo y señor de Alcalá don Gonzalo Pérez, concede en marzo de 1184 un privilegio para su celebración durante diez días a partir del domingo de Quasimodo (domingo siguiente al de Pascua de Resurrección). En los documentos de aquella época aparecerá mencionada como la feria de Pascua Mayor de San Just.
Será durante el reinado de Alfonso X cuando la feria se traslade “allá por San Bartolomé”, coincidiendo con la conclusión de las labores agrícolas de la zona. No queda duda por tanto de que su celebración responde exclusivamente a circunstancias económicas y en ningún caso de carácter religioso.
Ante la proliferación de ferias, el rey Fernando IV a petición del arzobispo Díaz Palomeque, prohíbe en 1305 la celebración de otra feria en ningún otro lugar del arzobispado de Toledo, desde un mes antes a otro después de la de Alcalá.
Los Reyes Católicos a instancias del arzobispo D. Pedro González de Mendoza, hacen franca nuestra feria en 1485, es decir la eximen del pago de impuestos. Este mismo privilegio será ratificado por la reina Juana y su hijo Carlos en 1516.
La feria va perdiendo importancia durante los siglos XVI y XVII, para volver a resurgir en el siglo XIX, al acudir a ella gitanos de diferentes puntos de España con sus mercancías,caballos,bueyes, mulas, cerdos, frutas, legumbres y toda clase de productos. Poco a poco y con el paso del tiempo, sobre todo a partir del último tercio del siglo XIX, la feria se fue transformando, y su función eminentemente comercial, hoy extinguida del todo, dio paso a un tiempo de fiesta y esparcimiento.
En su origen la feria se celebraba en la plaza del mercado actual plaza de Cervantes, poco a poco el recinto se fue extendiendo y en el siglo XIX estaba situado entre la Plaza de los Santos Niños y las Eras de San Isidro, siendo este último el lugar del ganado o peaje, que era el elemento más importante de la feria. La duración era de cuatro días del 24 al 27 de agosto.
A principios del siglo XX el peaje continúa siendo el elemento fundamental, pero en un retroceso que se va haciendo palpable con el paso de los tiempos, entrando en una recesión en la década de losa 60 hasta desaparecer.
El recinto ferial se mantiene, se instala un circo en la plaza de la Universidad y múltiples atracciones en la plaza de Cervantes, los puestos se colocan a lo largo de la calle Mayor y Libreros.
La cabalgata de carrozas que clausura la feria se inicia a principios de los años cuarenta del siglo XX, pero no se consolidará hasta finales de los cincuenta o principios de los sesenta. También a principios de ésta década surgen las peñas, que desaparecen a finales de la misma; también en esta época se clausurará el casco histórico como recinto ferial. A partir de 1970 se traslada el recinto, primero a un paseo de la Virgen del Val, y después al parque O’Donnell. En 1985 se traslada a su ubicación actual. A los diez años de su desaparición, vuelven a resurgir las peñas, que constituyen de nuevo el alma de las ferias.
El tercer domingo de septiembre se celebra la festividad de la Virgen del Val patrona de nuestra ciudad.
Cuenta la leyenda que estando un labrador trabajando en sus tierras en la ribera derecha del río Henares, justo al otro lado del castillo que levantaron los musulmanes, tropezó con la reja de su arado con algo duro. Creyendo que era una piedra, el campesino cavó a su alrededor para despejar el campo encontrando la imagen de una Virgen con el Niño, esculpida en alabastro.
El labrador recogió la imagen y la llevó a su casa. Al día siguiente cuando los moradores de la casa despertaron y fueron a contemplar la imagen, la Virgen había desaparecido. Los campesinos quedaron desolados, pero al volver el labrador a su trabajo en la tierra en la que la había encontrado, halló la Virgen en el hueco de un olmo cercano. Pensando que había sido objeto de una broma, volvió a recogen la imagen depositándola en una de las iglesias de la villa.
A la mañana siguiente la imagen había vuelto a desaparecer, por lo que esta vez, sin pérdida de tiempo un grupo de personas, se dirigió al lugar del hallazgo inicial, y allí estaba la Virgen. Esta circunstancia llevó a los alcalaínos a comprender que la Virgen deseaba permanecer en aquel lugar, por lo que las autoridades de la villa levantaron una ermita para darle culto, tomando la advocación de Virgen del Valle o del Val.
Desde el siglo XIX se ha dado como fecha de la aparición la del año 1184. La realidad es que la equivocación de un primer historiador al que el resto fue copiando provocó el error. Consultando fuentes más antiguas vemos la procedencia de la confusión. En un texto de Portilla que habla sobre las ermitas, explica que la de la Vera Cruz se edificó en 1184, y a continuación habla de la aparición de la Virgen del Val, lo cual pudo llevar a confundir una con la otra. La fecha exacta nos la dan los Anales Complutenses. Aquí se explica que en unos documentos muy deteriorados por el paso del tiempo, constaba que el hallazgo de la imagen tuvo lugar reinando Alfonso XI, y siendo arzobispo de Toledo el Cardenal Gil de Albornoz, luego el suceso tiene que situarse entre 1348 y 1350, aventurando la fecha aproximada de 1348.
Desde el comienzo del culto la Virgen de Val fue declarada patrona de la ciudad; el Cabildo de la Magistral se instituyó en patrono de la misma; el Ayuntamiento hizo voto de asistir a las procesiones de esta imagen y una cofradía rindió culto a la Virgen de Val. A esta cofradía el arzobispo Tenorio en el siglo XIV otorgó unos estatutos, que fueron renovados por el Cardenal Sandoval en 1608. Esta Cofradía pasó a conocerse como la antigua al conceder en 1651, el arzobispo Moscoso, nuevos estatutos a una nueva cofradía de la Virgen del Val, que se considera el origen de la actual.
La primera ermita edificada por los alcalaínos fue deteriorándose a consecuencia de las continuas crecidas del río Henares, y en 1376 el arzobispo Tenorio mandó demolerla y edificar otra en el mismo lugar. También se construyó al lado de la misma una casa para el ermitaño. En el exterior de la misma había dos escudos de armas del arzobispo en piedra, uno de los cuales debe ser el que actualmente queda en la fachada principal. Mientras duraron las obras la imagen se trasladó a la iglesia de San Justo, siendo trasladada de nuevo a la ermita en solemne procesión al término de las mismas.
Desde antiguo se recurría a la Virgen del Val mediante procesiones y rogativas cuando existía algún problema en la ciudad.
Durante el siglo XIX continuaron produciéndose procesiones de la virgen con carácter excepcional a causa de sequías, epidemias y otras catástrofes.
Al comenzar la guerra de la Independencia y después de los sucesos del 2 de mayo de 1808 en Madrid, apareció la imagen de la Virgen del Val en la puerta de la Magistral, ignorándose quién y porqué la había conducido allí. Probablemente algún devoto ante la inestabilidad política y social del momento consideró que la imagen estaría más a salvo en la Magistral. Después de recoger la imagen el Cabildo decidió dejarla en la Magistral.
La ermita en este período fue saqueada y quedó prácticamente en ruinas, decidiendo el Cabildo derribar la mayor parte del edificio, con lo que la Virgen iba a quedar en el futuro íntimamente ligada a la Magistral, que se convertiría con el tiempo en su casa definitiva.
Después de multitud de avatares la ermita fue reconstruida y trasladada la Virgen el 20 de septiembre de 1862.
La estancia de la Virgen en su ermita terminó en 1882 debido a un suceso que sin aclarar provocó su retirada definitiva a la Magistral. Según unos autores se trató de un acto vandálico y, según otros, fue consecuencia de un temporal que azotó la ciudad ese día.Al abrir la ermita por la mañana la imagen apareció decapitada y caída en el suelo. La opinión mayoritaria de una profanación, favorecida por los Canónigos de la Magistral que preferían que la imagen estuviera en este templo, hizo que la imagen no volviera a su ermita, favoreciendo de nuevo la ruina de la misma.
La Virgen permaneció aquí hasta 1902 que con motivo de la obras de restauración de la Magistral se trasladó a la iglesia de la Compañía de Jesús.Mientras tanto la Cofradía y el Ayuntamiento retomaron la idea de reconstruir la ermita. Este proceso fue muy largo, parándose y retomándose en varias ocasiones, debido sobre todo a la escasez de medios económicos. Para recaudar fondos se hicieron a lo largo del tiempo diferentes actos: becerradas, rifas, funciones teatrales, y se hizo una suscripción de ladrillos a 25 céntimos cada uno, que tuvo gran aceptación. Por fin el 29 de Mayo de 1929 tuvo lugar la inauguración oficial de la ermita.
La imagen original era de alabastro, de pequeño tamaño, unos 28 centímetros de altura y sostenía al Niño en su brazo izquierdo. Su vestidura estaba compuesta de un manto azul que le colgaba de los hombros, ceñida por una correa negra adornada con flores y estaba calzada con sandalias. El Niño mantenía en sus manos un libro abierto.
Realmente el hecho de que desde el siglo XVI la Virgen estuviera vestida no ayuda a dar una descripción muy exacta. Esta moda de vestir las imágenes se implantó primero para darles apariencia de mayor tamaño, y segundo para que las ropas se acomodaran con sus colores a los días litúrgicos.
Esta imagen desapareció durante el incendio de la Magistral que tuvo lugar durante la guerra civil el 21 de julio de 1936. Al terminar la guerra, dos personas a título particular, encargaron una imagen a un afamado escultor Francisco Higueras, pero no satisfizo del todo a los alcalaínos. Se mantuvo durante un tiempo, pero en 1945 se acordó devolver esta imagen a sus donantes, y encargar una nueva que tuviera mayor semejanza con la desaparecida. Fue obra de Jesús María Perdigón que es la que se venera actualmente en la Magistral, siendo una copia la que hay en la ermita
La fiesta de la Virgen del Val se celebra el tercer domingo de Septiembre.
En otras épocas había diversas funciones en honor de la Virgen del Val. La puramente institucional se celebraba el primer sábado de abril, con asistencia procesional del cabildo y el Ayuntamiento.
La víspera de la Ascensión del Señor tenía lugar la llamada procesión de letanías, con asistencia del Vicario General, Cabildo, Ayuntamiento, cofradías y comunidades religiosas. Finalmente un día de la octava de la Anunciación iba la Universidad en pleno a la ermita llevando las insignias de sus grados.
La única que se ha mantenido es la de la Cofradía. Se celebraba el día del Dulce Nombre de María, a principios de septiembre, pero para que no coincidiera con la que se celebraba en el convento franciscano de San Diego, se cambió la fecha fijándola en el tercer domingo de septiembre.
Actualmente los actos comienzan con un pregón seguido de una novena en la Magistral. La tarde del sábado anterior al tercer domingo de septiembre se celebra la procesión de la Virgen a la ermita, acompañada hasta las afueras de la ciudad por el Ayuntamiento y el Cabildo. Esa noche la Adoración Nocturna celebra su vigilia en la ermita, finalizando con la Misa de adoradores a las seis de la mañana. La mañana del domingo día de la festividad se celebra Misa cantada, normalmente a cargo del Obispo Complutense y otra menos solemne por la tarde. Ese mismo día tiene lugar la romería en los alrededores de la ermita. El lunes último día de las fiestas, se celebra una misa por la mañana y otra por la tarde y se lleva a cabo la procesión de regreso a la Magistral. La Virgen es recibida en el convento de las Carmelitas de Afuera por el Cabildo y la Corporación Municipal, que posteriormente le rinde homenaje en las puertas del ayuntamiento.
La Virgen del Val tiene el título de alcaldesa de la ciudad, nombramiento que le fue concedido por el alcalde D. Gustavo Chamorro en 1920 y ratificado por la corporación municipal en 1941.
Allá por 1517 el cardenal Cisneros, siempre preocupado por asegurar el futuro de su universidad, consigue de Carlos I un nuevo privilegio para realizar otra feria en torno a San Eugenio (15 de noviembre), orientada fundamentalmente a los estudiantes y en la que libros, paños para la confección de sus vestuarios, y cueros constituían el grueso de las mercancías. Será conocida como “feria chica” o “feruela”, y más tarde “del cascajo” o de “la cebolla” pues, una vez trasladada la Universidad a Madrid en 1836, se transformaría en una feria orientada fundamentalmente a los utensilios y productos necesarios para la matanza (barreños, cuchillos, cebollas, especias…); sobrevivirá prácticamente hasta el año 1920.
La fiesta de Santa Lucía el día 13 de diciembre se celebraba tradicionalmente con la realización de una hoguera. Puede que sea tan antigua como la misma ermita dedicada a la adoración de la Santa siciliana, que al parecer ya existía en el siglo XII, por lo tanto es posible que sea esta celebración una de las manifestaciones festivas de carácter popular más antiguas de nuestra ciudad.
Es probable que el motivo principal de hacer esta fogata fuera la conmemoración del martirio de la santa, que tras diversos tormentos y ante su negativa a renunciar a su fe cristiana fue rociada con resina y quemada en una hoguera de la que salió ilesa, siendo muerta por la espada de uno de aquellos soldados romanos el 13 de diciembre del año 300.
También es posible que la hoguera tuviera un origen pagano y entroncara con las antiguas fiestas de celebración del solsticio de invierno, caracterizadas por el sentido de cambio de un ciclo, de destrucción de lo inservible, lo viejo, lo inútil e indeseable, para de esta manera proteger al pueblo de los espíritus malignos que andaban suelos por ser el fin de un periodo.
Podemos pensar que el proceso de cristianización encubriera esta fiesta dedicándosela a Santa Lucía.
Este simbolismo habría perdurado hasta los años sesenta-setenta del siglo XX, cuando los vecinos llevaban sus trastos inútiles a la hoguera; así cajones desvencijados, sillas de enea rotas, cestos rajados, tablas de toda clase e incluso paquetones de periódicos viejos, acababan en el fuego purificador. La hoguera seguía teniendo el mismo sentido que tuvo para nuestros antepasados, quitarse de encima lo viejo, inútil e indeseable.
Nuestra Asociación recuperó de nuevo esta tradición en la década de 1990 celebrándose hasta nuestros días. Desde hace dos años se otorgan este día dos nombramientos honoríficos, uno el de “fogonero mayor” y otro el de “trasto a quemar”.
El nombramiento de “fogonero mayor” se concede a una persona o entidad de la ciudad que durante ese año ha realizado algo positivo para el buen funcionamiento o la convivencia de la misma.
El “trasto a quemar “ es aquel hecho o propuesta acaecido durante el año que pensamos que debe ser eliminado.
